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Prostitutas y drogas prostitutas calle madrid

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Los focos son las farolas de diseño retro de la calle Desengaño y el reflejo de las luces de la trasera de los edificios de la Gran Vía, el Broadway español, dicen. Cada uno con un papel diferente. Unos esconden las dosis entre la basura que desborda los contenedores o dentro de la boca, otros almacenan los billetes que cambian de mano hasta llegar a un tipo tocado con un bombín, otros captan compradores en la esquina achaflanada, otros surten a los vendedores de latas de cerveza y otros vigilan.

También, en los escalones de las puertas de emergencia de un edificio cercano, "los trabajadores" de menor rango y los clientes de confianza fuman sus chinos, cigarrillos de droga, sin descanso. Y sin levantar nunca la cabeza. Así les es imposible ver que desde una ventana de un cuarto piso alguien les vigila toda la noche. En una docena de saltitos, Rasta pasa de la esquina con la calle del Barco a la de la calle Puebla.

Cerca, la esquina de Ballesta. Algunas calles, a algunas horas, lo han conseguido, asegura Andrés, vecino desde hace 20 años. A pocos metros del bar donde perora Andrés sobre su barrio, Rasta sortea prostitutas, muchas y de variadas nacionalidades y etnias hasta las once de la noche; pocas, toxicómanas y españolas, desde esa hora hasta las cinco de la madrugada. Las peleas, las drogas, las botellas estallando contra los adoquines.

Los gritos a todas horas. Tampoco ver a los adictos apoyados en las vallas del colegio de la calle Valverde por la mañana. Los viejos del lugar añoran una sordidez "tradicional" que ha desaparecido con la vuelta del menudeo.

La habitación vale cuatro euros. En realidad es un camastro destartalado en una habitación de dos metros cuadrados y suelo pegajoso de uno de los muchos hostales ilegales que se diseminan por las calles que desembocan en la plaza de los antiguos cines Luna. Una vieja portería reconvertida en casa de citas que vigila un hombre con la cara pegada a un minitelevisor y que apenas despega la vista del telefilme.

Cuatro euros por 20 minutos es la tarifa. Se han vuelto pijos", se ríe Loli con su dentadura amoratada. Hay hasta tres coches y también una moto. Ya no hay casi actividad, "esa actividad", en el que hasta hace poco era el epicentro del barrio.

Es una prioridad municipal. La iglesia celebra un funeral y los fieles abarrotan el templo. Los policías pasean por la acera. Dos de ellas, del Cuerpo Nacional de Policía. Y ninguna se detiene. En la calle del Barco nadie les hostiga. Beatriz, en la treintena y vecina del barrio desde que nació, dice que desde hace unos meses tiene "un flash-back ".

Chueca, en los años ochenta, era una pesadilla de heroinómanos, prostitutas y vendedores de droga. Eso, exactamente, es el sórdido panorama que se ve desde el piso de un vecino. Un cuarto en la calle Desengaño que enmarca desde sus amplios ventanales el flash-back de Beatriz.

Ya se han cansado. Han puesto el piso en venta. Eso nos resta empoderamiento y capacidad de denunciar situaciones de violencia o coacción ", avisan sobre la persecución constante que llega incluso a menospreciarlas como ciudadanas. Sueñitos es el nombre con el que empezaron a llamar a una mujer adormilada en el polígono de Villaverde.

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Y ahí practicamos la zorroridad. Les decimos a las compañeras que el sistema nos enseña a competir entre nosotras , pero lo que pretendemos es hacer ver que somos diferentes y que nos tenemos que apoyar, para que nadie nos ningunee y nos desuna ", aseguran las componentes de la asociación.

Esta asociación fue creada en el año como respuesta a la persecución que les trajo la Ley de Seguridad Ciudadana o 'Ley Mordaza'. Eso nos resta empoderamiento y capacidad de denunciar situaciones de violencia o coacción ", avisan sobre la persecución constante que llega incluso a menospreciarlas como ciudadanas. Sueñitos es el nombre con el que empezaron a llamar a una mujer adormilada en el polígono de Villaverde. La ganadora de Eurovisión perteneció a la marina israelí que causó la masacre de Gaza Las personas mayores de 40 años solo deben trabajar 3 días a la semana.

Carmena excluye a los toros de la programación de las fiestas de San Isidro. También, en los escalones de las puertas de emergencia de un edificio cercano, "los trabajadores" de menor rango y los clientes de confianza fuman sus chinos, cigarrillos de droga, sin descanso. Y sin levantar nunca la cabeza. Así les es imposible ver que desde una ventana de un cuarto piso alguien les vigila toda la noche. En una docena de saltitos, Rasta pasa de la esquina con la calle del Barco a la de la calle Puebla.

Cerca, la esquina de Ballesta. Algunas calles, a algunas horas, lo han conseguido, asegura Andrés, vecino desde hace 20 años. A pocos metros del bar donde perora Andrés sobre su barrio, Rasta sortea prostitutas, muchas y de variadas nacionalidades y etnias hasta las once de la noche; pocas, toxicómanas y españolas, desde esa hora hasta las cinco de la madrugada.

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